La casa

LA CASA no es un libro de historia o un tratado de arquitectura. Tampoco es un ensayo sobre antropología ni un manual de interiorismo. Es una colección de historias que llegan hasta nosotros desde el albor de nuestro origen. Historias cuyos personajes principales son el hogar y todo aquello que lo ha constituido a lo largo de los siglos.

Mediante una exhaustiva documentación y sirviéndose de la agilidad narrativa que proporciona el arte secuencial, Daniel Torres explora toda la historia del hombre y la relación con su refugio. Desde la era neolítica hasta el siglo XXI, atravesando el medievo, la época barroca, el urbanismo de la Revolución Industrial, las utopías de 1968 o los modernos rascacielos del pasado siglo. Una obra que representa nuestra vida como lo que es: un gran teatro en el que nosotros, los lectores, somos también su privilegiado público.

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¿Qué hay más próximo al ser humano que su casa? Vivimos en una casa, crecemos, sentimos, nos enfadamos y nos enamora mos, reímos, lloramos y morimos en ella. La vida se desarrolla entre esas cuatro paredes, de las que apenas conocemos nada. Podemos describir cada rincón de nuestro hogar al milímetro, sin titubear, pero es muy posible que no sepamos cómo hemos llegado ahí.

El largo camino que ha seguido la humanidad desde la lucha para hacer fuego en una cueva hasta el uso de un interruptor para encender la luz. Un camino que es, en el fondo, el de la historia de la Humanidad.

El proyecto

génesis de una IDEA

En 2008 el editor de Norma, Rafael Martínez, propone a Daniel Torres un proyecto diferente: estudiar, analizar y explicar qué es una casa, cómo se llega históricamente al hogar que hoy conocemos. “He pensado, no sé cómo lo ves, que podríamos hacer un libro que hablase de qué es la casa, de dónde viene la casa”. Una simple frase que iba a dar la salida a seis años de trabajo que se traducirían en una obra monumental, de casi 600 páginas de investigación sobre la génesis del hogar, desde los primeros hombres neolíticos a la actualidad. Durante esos seis años el mundo cambió, convulsionado precisamente por una crisis que tenía su origen en el mercado inmobiliario generado alrededor de la casa. El proyecto fue definiéndose y cambiando, de una colección de 12 álbumes a un imponente volumen único, pero el trabajo de Torres siguió un camino recto que le llevaría a construir uno de los proyectos más ambiciosos del cómic español.

“Quiero enseñarle a la gente lo que se puede hacer con la narración gráfica, con la imagen”, comenta el autor. “Que temas tan técnicos como la sociología, la arquitectura y la vida cotidiana se pueden abordar desde el cómic. He escogido esa opción y quiero demostrar que con lo que yo trabajo, con el cómic, se puede afrontar cualquier tema. El cómic sirve para cualquier cosa.”

— Daniel Torres

HISTORIA DE UNA VIDA COTIDIANA

Una Historia cotidiana

A medida que el lector se vaya adentrando en esta inmensa obra de Daniel Torres, descubrirá que la historia de la casa esconde un objetivo mucho más ambicioso: describir la historia de la humanidad. Pero una historia con minúsculas, que nunca se encuentra en los libros de Historia, esa que se escribe a golpe de reyes, héroes y guerras. Esos personajes vivían en las canciones de gesta y en los poemas épicos, pero Torres cuenta las vivencias de los que sufrieron esa Historia con mayúsculas, se convierte en simple notario de las bambalinas de ese teatro de sombras creado sobre las espaldas de hombres y mujeres anónimos. Aleja su foco de los grandes protagonistas para seguir de cerca la vida cotidiana de personas anónimas para contarnos la miseria en la que vivía la gente, la dificultad de sobrevivir día a día en pueblos donde la pobreza y la suciedad apenas dejaban espacio para el mañana.

Las casas son la parte verdadera de la historia, la realidad diaria de gente que luchaba por sobrevivir. Y así, los capítulos no avanzarán a golpe de grandes victorias en batallas recordadas por todos, sino gracias a pequeños avances que parecen insignificantes: un desagüe para las aguas negras, un quinqué que trae la luz, el sifón del wáter, un plano para poder construir en cualquier sitio, el tiro de una chimenea, un coche, un freno para un ascensor, una bombilla, un aspirador… Diminutos pasos que Torres va remarcando en cada capítulo para lograr atraer la atención del lector hacia la importancia de la ciencia, del conocimiento, de los necesarios avances sociales que lograron que una cabaña se convirtiera definitivamente en un hogar.

Contando esa vida cotidiana, La casa se convierte en una ambiciosa historia alternativa de la humanidad, que da al lector una visión sorprendentemente distinta de la conocida, y que resulta coherente y apasionante.

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“Eso es lo que hay que contar: cómo vivía esta gente, cómo viviríamos nosotros… He intentado que el lector imagine qué le pasaría a él si estuviera en la Grecia clásica, qué le pasaría si estuviera en la Francia del siglo XVIII.”

– Daniel Torres

EL RETO DE LA FORMA

Un proyecto tan ambicioso no podía ser abordado como un cómic más. Requería un complejo proceso de desarrollo y planteamiento, en el que se podría haber optado por mezclar lenguajes distintos. Pero Torres eligió, posiblemente, la solución más difícil: contarlo todo con el lenguaje de la historieta, exprimir sus posibilidades al máximo.

Pero la intención es una cosa y la realidad es otra. Trasladar al lenguaje del cómic un ensayo tan ambicioso obligó al autor a tomar decisiones atrevidas, como cambiar en cada capítulo el estilo gráfico utilizado. Torres lo describe con una sencillez aplastante: “Llega la hora del rascacielos, que es un fenómeno americano que tiene incluso un lugar, Chicago. Es una época que se relaciona con tres motores: el del avión, el del coche y el del ascensor. Y es la gran proliferación de la prensa. Es el momento de los comic strips, así que ya está, tengo que hacer todas estas cosas juntas a través del lenguaje de esos primeros Sundays de prensa”. Pero esa apariencia de sencillez es tan solo una máscara que oculta el impresionante trabajo formal de desarrollo de La casa: cada capítulo usa un estilo gráfico acorde a la época. El dibujo de Torres, de estilo inconfundible, se va adaptando a los requerimientos de cada estilo.

Y el resultado es tan sorprendente como atractivo, deudor de todos los usos que la narración gráfica ha tenido en la historia y, a la vez, resulta ser un inmenso catálogo de recursos narrativos. En esta nueva obra hay influencias que van desde las propias herramientas del cómic a las técnicas usadas en la imagen divulgativa, todas asumidas y reinterpretadas en un estilo propio, que no pierde en ningún momento la impronta de un autor con 35 años de trayectoria.

Una Historia cotidiana

EL AUTOR: DANIEL TORRES

El autor

Aunque comenzó la carrera de arquitectura, Daniel Torres terminó completando los estudios de Bellas Artes en la Universitat Politècnica de València, donde coincidió con otros jóvenes autores que comenzaban a ver en el cómic una forma de expresión. Sus primeras historietas se publicaron en el fanzine promovido por Manel Gimeno, El gat pelat, donde también colaboraron Miguel Calatayud, Sento o Micharmut. Muy poco después, entraría a formar parte de la revista El Víbora con las aventuras de Claudio Clueco, donde explora el género negro desde las claves de revisión propias de su obra. Asesinato en 24 imágenes por segundo, la primera aventura del personaje, bebía tanto de Dashiell Hammett como del underground americano, iniciando un camino que seguiría con El ángel caído, primera aventura larga que ya atraería el interés de editoriales francesas como la prestigiosa Futuropolis, que lo incluiría en su famosa colección.

En 1982, Torres pasaría a las páginas de la recién nacida Cairo con Opium, una serie basada en las novelas de Sax Rohmer con una visión pop y desenfadada, en la que se comienza a perfilar un estilo de línea clara que explotaría el año siguiente con Tritón, la primera entrega de Las aventuras siderales de Roco Vargas. Una space opera que se desarrollaría inicialmente en cuatro entregas que presentarían una evolución constante del dibujante. El misterio del susurro, Saxxon y, sobre todo, La estrella lejana conformaron el ciclo de madurez del autor, que cerró la serie en 1987 con una obra que es ya considerada como un clásico del tebeo español. En paralelo, Torres había realizado para Magic Strip el álbum Sabotage! y había comenzado una exitosa carrera como ilustrador. En los 90 comienza una nueva serie, El octavo día, donde desarrolla su concepto de fábula, del enfrentamiento entre la ficción y la realidad. Simultáneamente, se lanza a un proyecto novedoso en el cómic español, el relanzamiento de Opium en una colección de comic book en colaboración con Ramón Marcos, Incha y Paco Hernández. También comienza a trabajar para el mercado americano, con historias cortas (alguna guionizada por Alan Moore); pero sin olvidar su tierra, realizando Te veo IVAM para el Museo Valenciano de Arte Moderno. En 1995 crearía otro personaje fundamental en su trayectoria: el dinosaurio Tom, una serie infantil que sería publicada por el suplemento infantil de El País. A finales de la década, pasaría de nuevo por el mercado americano con la miniserie El ángel de Notre Dame.

Ya en el siglo XXI, retomaría su creación más famosa, Roco Vargas, con cuatro nuevas entregas que iría simultaneando con trabajos de ilustración y su estreno en televisión con la versión animada de Tom, el dinosaurio. En 2009 publicaría su primera novela gráfica, Burbujas, dedicándose desde entonces a su trabajo como ilustrador y al desarrollo de La casa.

ENTREVISTA A DANIEL TORRES

CONVERSACIONES EN LA CASA. Una entrevista de Álvaro Pons

Cuando uno se acerca a tu nueva obra, lo primero que se puede ver es la monumentalidad de esta obra, tanto físicamente, por su tamaño, como en ambición y desarrollo. ¿Has trabajado en equipo para desarrollarla?

Sí, yo creo que mucha gente pensará que esto lo ha hecho un equipo editorial, y cuando digan, no, esto lo ha hecho una persona solo, vamos, con los colaboradores que se ven al final en el staff. El diseño, en realidad, es mío también, la maquetación de Gemma Aymerich, el color digital de Paco Cavero y la edición de Christian Campos. Pero como se puede ver en las maquetas iniciales de todo el material que yo iba entregando, los bocetos que se generaban, los textos, de dónde venían los textos, la documentación, la bibliografía, todo el material… Entregaba ya todo preparado, con la maqueta de cada tomo, de cada libro, ya que originalmente iba a editarse por entregas.

¿Cuánto has tardado en desarrollar La Casa?
Realizar este trabajo han sido seis años… Para hacernos una idea gráfica: han sido tres años de preparación, concepto, búsqueda de bibliografía, documentación, redacción del guion y redacción de la maqueta, es decir, calibrar por donde iban las páginas, qué cantidad de páginas me ocupaba esto… Después bocetos y tres años de realización de originales. Tres y tres, seis. Y si haces una división, verás que son seiscientas páginas entre seis años, son cien páginas por año.

Eso se nota. Una de las primeras cosas que sorprende  es la apabullante documentación que tiene esta obra: Te pones a leer y lo que encuentras es que cada detallito está pensado, es evidente que cada esquina de una calle que dibujas está basada en algo. La búsqueda documental tiene que haber sido extenuante, buscando hasta el más mínimo detalle…
Sí, pero incluso por otros dos motivos: si conoces mi trabajo sabes que yo meto detallitos en las viñetas para que en una segunda lectura, o a un lector digamos más pausado, que saborea lo que está leyendo y está viendo, vaya descubriéndolos. Enriquecen el relato. Y segundo, es el trabajo ideal para hacer estas cosas. Es decir, si yo  dibujo una calle griega, me he documentado para saber qué pasaba en las calles de la Grecia Clásica. Sé que estaba llena de mierda, pues eso es lo que dibujaré con detalle.

¿Cómo se inicia este proyecto?
En el año 2008, en agosto, ahora hace siete años, Rafa Martínez, mi editor… -y remarco, 2008, acuérdate de que en agosto todavía faltaban unos meses para que se desencadenase lo de Lehman Brothers y la crisis mundial- me dice en una comida, hablando de proyectos de futuro: “Me he dado cuenta de que los jóvenes valoran a su manera las cosas, pero ahora precisamente, no se dan cuenta de lo que supone tener una casa”. Fíjate, estábamos hablando dos meses o tres antes de que cayera el mercado inmobiliario y se fuera a la mierda. Y me propuso: “Y he pensado, no sé cómo lo ves, que podíamos hacer un libro que hablase de qué es la casa, de dónde viene la casa”. Es decir, nosotros nos levantamos por la mañana, le damos a la luz, vamos al cuarto de baño, nos aseamos, vamos a la cocina, usamos todos los electrodomésticos, pero… ¿Qué pasa si empezamos a quitar cosas? Quitamos luz, quitamos agua, quitamos el cuarto de baño, quitamos los electrodomésticos, hasta quitamos la casa… ¿Qué tenemos? Tenemos a un ser absolutamente inválido, que no sabría qué puñetas hacer. Entonces pensé: “Es cierto, voy a hacer una cosa”– le digo a Rafa- “voy a hacer una investigación de mercado, me voy a ir por las librerías y voy a ver qué encuentro sobre este tema”. Para mi sorpresa, en este país, supongo que en Inglaterra, en Francia quizás haya alguna cosa, me encuentro con que no hay ninguna monografía que hable sobre esto, es decir: ¿De dónde viene el concepto del hogar?

Es que el estudio de la vida cotidiana en la historia es un hecho relativamente reciente…
Es incluso moderno. Hay una escuela francesa que hace ya muchos años, en los 70 comienza a preocuparse y edita un libro sobre vida cotidiana desde la antigüedad: Edad media, griega, romana, etc., hasta el siglo XXI. Mi proceso de trabajo es el siguiente: hago esta indagación de mercado y me doy cuenta de que no tenemos bibliografía sobre el tema. Eso supone un problema, o no. Es decir, para mí es un acicate, vamos a rellenar este hueco. Pero además, vamos a hacerlo desde el punto de vista de la narración gráfica. Este concepto está introducido en el encargo de trabajo desde el principio porque somos una editorial gráfica, no hacemos libros de texto. Tampoco hay libros de texto sobre este tema…  o sea, que no hay nada. Me encuentro con que no hay nada y el reto es: búscate toda la bibliografía que puedas encontrar para construir tu texto, tu concepto, todo lo que quieras contar sabiendo que no cuentas con ningún modelo. Entonces de pronto me llega toda esta información tan bestia, me reúno con Rafa y le digo: “Mira, si esto queremos hacerlo bien va a tener que ser desde que el hombre habita en una choza hasta ahora mismo, de tres mil años atrás a ahora”. Y me dice “Vale, vale, perfecto”. Y decidimos hacer doce tomos, cuarenta y ocho páginas cada tomo, y me pongo a trabajar. ¿Trabajar qué supone? Pues pasarme casi un año leyendo libros, apuntando notas, variando el concepto de cómo quiero representar esto, es decir, ¿cómo lo hago?. Y me digo: ¡esto es un tocho!

¡Claro! ¡Es que así planteado es una historia de la humanidad al completo!
Claro, y me digo: esto no puedo planteármelo así. Y sigo dándole vueltas y vueltas y al final pienso: vamos a ver, ¿qué es lo que me ha caracterizado a mí como autor? Una idea básica de siempre que ha regido mi trabajo es el mostrar que con la narración gráfica se puede afrontar, en principio, cualquier tema. El valor de la narración gráfica. Me refiero tanto al cómic, a la narración secuencializada en viñetas, con textos de apoyo y de bocadillos, como a la ilustración, que apoya el texto, y el texto que se apoya en la ilustración, eso es la narración gráfica. Entonces ya está, ya tengo la forma de representar esto: cada capítulo será una historia, un cómic acompañado de ilustraciones y de texto que explique el contenido de ese capítulo. Segundo paso: decido que ese modelo va a ir variando, y que no se repetirá en los veintiséis capítulos el modus operandi; es decir, en unos tendrá más importancia el cómic, en otros más la ilustración, y en otros, bueno, el texto es lo que menos ocupa en importancia, pero la relación entre cómic e ilustración va variando, no quiero repetir un mismo modelo. Y tercera decisión, los protagonistas de cada historia serán los que nos cuenten la historia. Aquí lo que decido es que conocemos la historia de los países, la historia de los reyes, las guerras, la política… Pero en las diferentes épocas, ¿cómo vivía la gente? No los príncipes, ni los gobernantes,  sino la gente del pueblo.

La vida cotidiana del pueblo, de la calle.
El vulgo. Y la respuesta es terrible: el vulgo ha vivido fatal hasta hace un siglo, esto hay que contarlo. Y si el vulgo ha vivido fatal, es porque las condiciones que le rodeaban eran muy malas, y esto es lo que hay que contar. Es decir, ¿cómo vivía esta gente? Cómo viviríamos nosotros… He intentado que el lector imagine, qué le pasaría a él si estuviera en la Grecia clásica, qué le pasaría si estuviera en la Francia del siglo XVIII…

Antes de leerlo reconozco que, sabiendo de tu pasión por la arquitectura, La Casa era una historia de la arquitectura de la casa. Pero cuando empiezas a leerlo, te das cuenta enseguida que no, no es sólo arquitectura, es interiorismo, decoración, sociología, es historia pura y dura, historia de las costumbres. Como decías, pura historia de la humanidad, no en el sentido tradicional, sino de la historia tras las bambalinas, la que nunca sale, es la historia de la humanidad que no nos suelen contar.
Yo tomé una decisión un poco arriesgada, y es que, generalmente, hay muy pocas fechas o no hay fechas, no hay ninguna referencia a ningún rey, aunque aparece alguno por ahí de cara. Ni a movimientos históricos excepto la guillotina o la bomba atómica, que son dos lapsos que hay porque consideraba que eran importantísimos… No hay ningún envolvente histórico tradicional en lo que estamos leyendo, sí que hay una ubicación, dices “después de la guerra…”,  pero no dices que es la II Guerra Mundial, no dices qué pasó, qué contendientes hubo, porque eso es otro libro, eso no me incumbe. eso ya está en los libros de historia.

Eso es lo que te aleja precisamente de los libros de historia y te acerca a las gentes, a la historia de las personas, lo que al final estamos viendo aquí. Hay una cosa que transmites, y es que la historia a la que estamos acostumbrados es épica, de grandes hechos épicos. Aquí no hay épica ni héroes. Aquí hay día a día y la realidad. Te das cuenta de la gran diferencia que hay entre la historia escrita y la historia real, que no tuvo épica, que lo que tenía era mucha mierda, muchas moscas y mucha basura, mucha muerte y mucha miseria.
Durante muchos, cientos y miles de años se sobrevivía al día, es decir, salías por la mañana sin saber qué pasaría hoy. Había también mucha ignorancia. Cuando construyes una historia, te centras, te metes primero en la piel de los protagonistas. Pero lo que hay que intentar es que el lector, con tu narrativa, se meta también. Que se dé cuenta de que en gran parte de la historia, un personaje no sabía más allá de cuatro kilómetros a la redonda lo que pasaba. Contar porqué los niños no tenían zapatos hasta los cinco años, porque seguramente se iban a morir antes, para qué comprarle los zapatos, o porqué se llevaban zuecos de madera altos, para no pisar la mierda de las calles.

En tu obra muestras muy bien el contraste entre avance técnico y avance social. Unos avances que siempre han sido a costa de algo, como se ve en ese capítulo dickensiano, donde se muestra una sociedad “actual” pulcra y limpia enfrentada a un flashback del pasado donde vemos que esas ventajas de la vida moderna vienen de un horror de miseria.
La bombilla no se enciende sola. Yo hice un ensayo con cuatro o cinco personas, que era intentar reunirlos en un sitio y explicarles cómo te levantas por la mañana y enciendes la luz, vas al baño y tienes agua corriente, jabón. Y ahora, intenta imaginar que no tienes nada de eso. Que te quitan el agua, la luz… Fíjate lo mal que lo pasamos cuando hay un corte de agua o un apagón, pero ahora piensa que no hay nada. Nos podemos dedicar a otras cosas porque ya lo tenemos todo cubierto. Pero imagina que no lo está, tu vida es un problema todo el día, y la gente ha vivido así durante miles de años. E incluso hoy en día, en el tercer mundo y en las chabolas que tenemos ahí el lado.

Hay también una reflexión constante sobre la funcionalidad de la arquitectura que va emergiendo. Al principio la arquitectura cubre necesidades básicas, pero poco a poco esa función puramente de protección se le va añadiendo una función de hogar y decorativa. E incluso en el capítulo de la casa de Le Corbusier abordas un discurso más evidente sobre la pérdida de su sentido por completo.
Ojo, que a mí me gusta mucho la arquitectura racionalista como fenómeno estético, pero también he leído mucho, como aquél libro de Tom Wolfe,

¿Quién teme al Bauhaus feroz?
Luego cayó en mis manos en una revista de arquitectura un largo artículo de cómo el usuario había cambiado esa arquitectura de papel, proyectista según sus necesidades: Es que tenemos goteras, es que este material es de papel, es que este ventanal es demasiado grande…  Y con fotografías que aparecen por ahí, se ve como ese diseño tan prístino y de acero, iba cambiando para hacer una casa real y, sobre todo, útil. Eso le he querido mostrar también en el libro.

También logras explicar es ese círculo vicioso entre las necesidades del ser humano, sus soluciones arquitectónicas y las nuevas necesidades y problemas que estas generan, etc.
Un ejemplo más concreto: porqué la ciudad crece hacia arriba. La gente no es consciente o, si lo sabe, lo ha olvidado: los rascacielos no son un fenómeno estético o una de demostración de poder, sino el resultado de que a un señor que se llamaba Otis se le ocurrió inventar un freno para el ascensor. Este señor fue el primero que se planteó: “El ascensor es maravilloso, es un montacargas que nos lleva para arriba y abajo, pero tiene un problema de seguridad muy grave, si algo falla, se cae y la gente se mata. Voy a crear un freno que cuando que cuando la caja pierda apoyo se ancle a los lados y evite que caiga”. Los fabricantes de ascensores se dan cuenta de que ya no es necesario que los ascensores solo suban tres plantas, pueden subir 30, ya no hay problema de seguridad.

Esas anécdotas, que la mayoría de las veces son desconocidas, logran que la lectura sea muy ágil, con esas pequeñas sorpresas que no te esperas. Las primeras son muy, todo sea dicho, muy escatológicas, pero te sorprende descubrir cosas básicas, como la evolución del excusado.
Claro, claro… Es que el concepto de la privacidad y la intimidad ha ido variando en diferentes épocas y culturas. La gente lo hacía todo en un espacio pequeño. Y todo es todo, algo inimaginable ahora que tenemos un cuarto para cada uno y para cada cosa, donde podemos estar solos. El caso del excusado es uno más, es una idea que, cuando la estudias, no llegas a comprender porque, insisto, lo vemos desde el prisma de occidentales modernos que lo tenemos todo, no llegas a comprender porque la gente le dio tan poca importancia al excusado, que ha sido muy diferente a lo largo de la historia.

Del fondo a la forma

Tú le has dado mucha importancia a la parte arquitectónica en tu obra, siempre hay una referencia. Pero en esos tebeos, como en las aventuras de Roco Vargas, la arquitectura es un decorado, el continente; el contenido son las relaciones de los personajes. Pero aquí, la arquitectura es continente y contenido, las personas están en un segundo plano, el protagonista absoluto es la piedra, es la casa.
Es la piedra primero, luego el concepto, la casa, el hogar… Es como si me hubieran dicho:

“¿Qué quieres hacer en el tramo final de tu carrera profesional?
“Me ha gustado mucho hablar sobre arquitectura”.
“Pues vas a hacerte un libro de tesis sobre tu concepto de la arquitectura como personaje y entorno”.

Has sido siempre un autor de ficción, pero aquí no hay ficción. ¿Te ha costado mucho no caer en la ficción?
No mucho, porque yo soy muy disciplinado, me dije: “tienes que atenerte a esto, has decidido no poner referentes históricos, pero te tienes que ceñir a eso y una manera de cargártelo es poner demasiada ficción”. Y lo tuve que hacer poniendo algo de ficción, pero sin que parezca que te vendes a ella. Ese punto de equilibrio ha sido muy complicado de lograr, pero también lo ha dado el trabajo, se hace camino al andar, cuando comienzas a escribir, te va dando la pauta y supongo que en parte ha sido inconsciente. Pero si tienes un montón de libros, no te puedes olvidar, pesa mucho. No puedes decir, ahora lo importante es la fabulación y me importa un pimiento si todo es así. Esa pauta me ha ido marcando mucho.

Sí la época, en cierta medida se contextualiza a través del tratamiento gráfico del capítulo, pero parece una decisión arriesgada y compleja desde el punto de vista de la narrativa.
Eso tiene un motivo y lo diré porque no tengo que esconder nada, es un motivo egoísta: yo me habría aburrido mucho [risas]. Yo planteo los capítulos inicialmente con su número de páginas, su estructura y puede que para el lector hubiera sido más cómodo si todos hubieran sido iguales, pero yo me habría aburrido terriblemente. Si en cada uno no me imaginara una cosa diferente… He intentado irme a la época: quiero contar cómo vivían los mineros y me meto hasta el punto de contarla con lápiz carbón. Son decisiones arriesgadas que espero que hayan dado su fruto. Cuando llegaba a una época buscaba todas las ideas básicas. Por ejemplo: llega la hora del rascacielos, que es un fenómeno americano que tiene incluso un lugar, Chicago. Es una época que se relaciona con tres motores: el del avión, el del coche y el del ascensor. Y es la gran proliferación de la prensa. Es el momento de los comics-strips, así que ya está, tengo que hacer todas estas cosas juntas a través del lenguaje de esos primeros Sundays de prensa.

¿Has seguido el mismo proceso creativo que con otras obras anteriores?
No, no, ha sido muy diferente. Lo primero es una serie de imágenes que surgían. Desde agosto del 2008 me pasé casi dos años recogiendo documentación y lo primero que me planteo es hacer mío el reto de un encargo editorial. A fin de cuentas es un encargo que acepto, aunque era fácil sabiendo mi gusto por la arquitectura como fenómeno cultural y artístico. Lo primero que hago es una labor de campo en librerías y bibliotecas y veo que no hay nada. Encuentro muchas referencias de historia de la arquitectura, menos de la del interiorismo, y me encuentro con esa serie de manuales de historia y de obras sobre la vida cotidiana, del ser común, del hombre básico. Y a partir de ahí, paso a estudiar la cronología, a definir los capítulos. Si te fijas en los capítulos, la mayoría son de cajón: hay que hablar del domus romano y hay otros que me asaltan de pronto, como que poca gente sabe que el concepto de hogar surge en la Holanda del siglo XVII, en Amsterdam. La diferenciación de capítulos no está hecha al azar tampoco como podrás comprobar. Una vez tengo hecha la diagramación del concepto de la obra, pensamos en hacer 12 tomos de 48 páginas cada tomo.

¿Cómo pasas de este planteamiento de ideas a la ejecución a la esquemática? Es decir, cómo relacionas elementos de cómic con esquemas, con elementos divulgativos, sin perder la coherencia, y más cambiando la solución en cada capítulo.
Yo creo que es gracias a que cada capítulo tiene un tratamiento gráfico distinto. Y desde ese set central que te comentaba, se va tratando de forma diferente, y eso me ha hecho obligarme a centrarme en cada capítulo, sin saber de dónde viene y a donde va, centrándome en lo que quería contar en ese capítulo. La lectura de la bibliografía era al mismo tiempo que iba desarrollando el capítulo, y se van generando ideas de cada obra que leo que voy incorporando a ese capítulo en concreto. Pese a que en esa bibliografía se encuentran cosas que he usado en diferentes capítulos.

Y, en ese resultado final, encontramos todo un catálogo de recursos narrativos de la historieta.
Sí, y lo he hecho descaradamente, me he dicho: “Quiero enseñar a la gente lo que se puede hacer con la narración gráfica, con la imagen”. Un tema tan técnico como la sociología, la arquitectura y la vida cotidiana desde el cómic. Yo no he hecho esta obra para demostrar esto, sale así y creo que hay que reivindicar que en este mundo de la digitalización, en el que yo he tomado la postura de apartarme, de hacerlo todo a mano. He tomado esa opción y quiero demostrar que con lo que yo trabajo, con el cómic, se puede afrontar cualquier tema. El cómic sirve para cualquier cosa. Es una alternativa a la omnipresente pantalla que nos meten por todas lados, y volviendo a lo que es la divulgación, a que una persona normal con una educación normal pueda crear algo a partir de unos elementos muy sencillos como lápiz y papel, al poder de la imagen para transmitir ideas, la imagen con texto, sin texto, sin bocadillos, con travellings o con esquemas. Usando el parabrisas de un coche como viñetas, por ejemplo. Hay que usarlo todo, con imaginación.

Reflexiones finales

En el capítulo final haces una reflexión global que, en cierta medida, es también una lectura de lo que ha ocurrido en estos años de crisis. Como has comentado, el concepto de la obra se va desarrollando con la dura etapa de crisis, ¿ha cambiado mucho tu idea de ese capítulo con lo que ocurría en la sociedad?
No, no mucho, cada tomo se desarrolló muy exhaustivamente y se puede ver que desde el principio está planteado así. El concepto estaba muy elaborado en el guion y, si hay variaciones, son muy pocas. Es el único capítulo donde hay ética, moralidad o juicio. Muestro a dos personajes con ideas contrapuestas, que son mediados por una presentadora que no se moja. A lo largo de la obra se han desarrollados dos modelos diferentes de lo que es habitar, dos formas contrapuestas.

Esta reflexión es muy coherente con todo lo que se plantea ahora, el cambio a la sociedad de la información, la pérdida del trabajo por la tecnología… Y el libro desemboca en un problema de hoy, al que le estás proporcionando una base teórica: desde una casa o una choza llegamos a los problemas de hoy, a la relación de la técnica con la sociedad, utopía frente a realidad.
Son dos caras de una misma moneda, que ni se pueden separar ni unir. No quiero que el lector se moje, solo que tenga los argumentos para decidir. La única reflexión que me permito es el epílogo final, donde manifiesto mi sorpresa ante lo poco que reflexionamos sobre la casa. La cita de Kipling, maravillosa, me la encontré trabajando en el último capítulo porque cayó en mis manos un libro de relatos suyos, donde estaba. Resume perfectamente todo el libro: para estudiar la historia de un ser humano hay que estudiar dónde ha vivido. La casa es una especie de teatro donde se desarrollan pasiones, donde vivimos. Todo lo que explico en los capítulos anteriores en es un entremés para abrir boca, para decir ahora te voy a dar los platos importantes, y luego viene la reflexión final, que es la única que me permito. Es un enfrentamiento entre el apocalíptico y el integrado. Yo, por carácter, me aproximo más a lo apocalíptico, pero no manifiesto nada, no le hago ganar en la controversia, es una controversia que seguirá y que tendremos que encontrarle una solución.

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